BALANCE: El atletismo español se vuelve ochentero




ANÁLISIS: Ninguna medalla y cuatro finalistas, el mismo balance de Seul 88

No iba a ser el atletismo quién tirase del carro de las medallas en Londres. Se preveía un varapalo y este se cumplió. Por segunda vez consecutiva, España volvió sin medallas de los Juegos Olímpicos, un panorama que recuerda al de la natación española anterior al nacimiento de Mireia Belmonte y previo, también, a la implantación de un modelo de autoexigencia que brilla por su ausencia en la Federación de Atletismo, presidida desde hace 23 años por Jose María Odriozola. 

Lo de Londres fue peor, mucho peor, que lo de Pekin. Los 11 finalistas de allí indican que si el podio no llegó fue más producto de los avatares competitivos, aunque la cita China marcó el inicio de una caída en los resultados acentuada durante todo el ciclo olímpico. Las cifras de cada competición llevaban al atletismo a los años 80, una regresión que evocaba la época anterior a Barcelona 92, la explosión del deporte español. Cuatro finalistas y ninguna medalla es el mismo resultado que se obtuvo en los Juegos de Seul 88, aunque las dos ediciones anteriores ya habían sido mejores. Es cierto que aquí la medalla estuvo cerca, en la mano de Ruth Beitia, dos metros, igualando su marca, compitiendo como nunca…y quedándose a las puertas. Pero la talentosa cántabra no estará en Río, como tampoco se espera allí a Marta Domínguez, desfondada y maleducada aquí, a Natalia Rodríguez, sin recuperarse de una lesión, o al clásico García Bragado, al que solo queda aplaudir pese a una mala actuación. 

Podrán estar otros como Arturo Casado o Manolo Olmedo, ausentes por lesión, pero, por edad, sus Juegos eran estos. Sin ellos los 1500 metros se hundieron como no se recuerda. La eliminación de los tres representantes en primera ronda el primer día, a pesar de que sus marcas les situaban en la lucha por la final, aún no se explica. Fue ese precisamente el más claro síntoma de la catástrofe. Entre los que no estaban, los que siguen dejando pasar oportunidades tan favorables como una longitud baratísima -Eusebio Cáceres y Luis Felipe Méliz-, los que se muestran incapaces de crecer un poquito más y entrar, por fin, en una final muy dura -los ochocentistas-,  los acostumbrados al fracaso -Pestano, Montaner- y el ejército de atletas que, o bien no se acercan, ni de lejos, a su marca, o bien superándola, ni siquiera tienen opciones de entrar en la final (motivo para la reflexión federativa), España pudo sumar apenas tres alegrías más. La del joven marchador Miguel Ángel López, quinto en unos 20km marcha donde no se esperaba nada por primera vez en décadas, el veterano Frank Casañas, séptimo en disco, ni frío ni calor, y Beatriz Pascual, octava en los 20km marcha femeninos, una habitual rindiendo bien, aunque le separa un trecho de chinas y rusas. 

El atletismo, cierto es, presenta un panorama democrático como ningún otro deporte.  Los campeones en Londres han llegado de los cinco continentes, de Kenia a Nueva Zelanda, pasando por la diminuta isla de Granada. Pero eso no explica la enfermedad española, una amplia selección de 46 atletas de los que solo cuatro mejoraron sus marcas, mínimo exigible en los concursos, y el rosario de eliminaciones a la primera. Falta competitividad por parte de los atletas y un sistema que se la exija. No sirve ya la filosofía imperante, en el que el gran campeonato es el fin y no el medio, en el que basta con conseguir la mínima para estar. Ni un gramo de autocrítica ha mostrado el presidente federativo, el que más dinero público gestiona pese a las malas condiciones en las que entrenan muchos atletas en las entrevistas posteriores a los Juegos. Sí disparos hacia todas las partes que pueden volverse pronto en su contra. Por delante unas elecciones calentitas y un ciclo olímpico duro con Rio en el horizonte, unos Juegos a los que el atletismo español mira desde el suelo de Londres.


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