“Los héroes no siempre son los campeones”




Derek Redmond y Jim Redmond son padre e hijo y protagonizaron una de las historias más bonitas y memorables de los juegos olímpicos. Derek comenzó a destacar en la prueba de los 400 metros lisos como uno de los mejores en el panorama internacional, en los europeos de Stuttgart del 86. Pero una inoportuna lesión justo antes de dichos juegos le impidió participar tanto en los 400 como en el relevo 4X400 con el equipo del Reino Unido.

Las lesiones comenzaron a sucederse, sobre todo en su talón de Aquiles. Pasa más tiempo en quirófano que compitiendo y todo hace indicar que no va a poder continuar con su carrera deportiva a pesar de que es el plusmarquista de los 400 metros lisos en el Reino Unido y haber conseguido ser quinto del mundo en su prueba con tan solo 21 años.

En los mundiales de Tokio del 91 Derek acude a la cita y junto al equipo de 4X400 y conquista el oro mundial lo que le convierte en uno de los favoritos para la cita olímpica del año siguiente. Por fin parece ver la luz y en el verano del 92 todos los entendidos dan por seguro que si nada extraño suceda Redmond se colgará una medalla en la prueba de los 400 metros lisos y otra en el 4X400.

En las semifinales a Derek se la asigna la calle número 5, le basta con quedar entre los 4 primeros para pasar a la gran final. Todas las apuestas dan por hecho que Derek estará entre los 8 mejores en la última carrera de los 400. Suena el pistoletazo de salida y todo transcurre según lo previsto, comienza a echarse encima de los ocupantes de las calles exteriores, pero de repente cuando quedaban unos 250 metros para meta Derek se da cuenta de que algo le sucede otra vez en su maldito talón. Se arrodilla y observa como el trabajo de toda su vida e ilusiones se desvanecían delante de sus ojos sin poder hacer nada. De repente Derek decidió levantarse y cojeando, sin a penas poder sostenerse en pie intentar acabar la carrera. Todo el mundo quedó paralizado, los organizadores intentaron pararle pero el prosiguió en su carrera personal. Todo el mundo en pie comienza una sonora ovación.

La historia no acaba aquí, cuando Redmond alcanzó la curva final del estadio de Montjuic un hombre saltó el vallado y apareció en la pista. Un voluntario le da el alto pero el hombre le dice: “soy su padre”, el voluntario perplejo le soltó. Jim Redmond agarró del brazo a su hijo y le dijo “no tienes porqué hacer esto”, Derek contestó “he de hacerlo colócame en la calle 5 por favor”, Jim le dijo “entonces lo acabaremos los dos juntos”. Ambos recorrieron los 100 metros finales abrazados y acabaron juntos delante de 60000 espectadores que les otorgaron un aplauso que todavía hoy resuena en la montaña mágica de la ciudad condal. Esa fué la última carrera de Derek.

En la actualidad Derek Redmond trabaja dando charlas de motivación en empresas. Yo era un niño cuando vi a los Redmond cruzar la meta, probablemente ese día descubrí la grandeza del deporte y que al que lo da todo por algo no se le puede pedir más.

 El vídeo de la semifinal de Barcelona 1992


2 Comentarios

  1. Juan del Sur dice:

    La intrusión del padre, aunque guiada por el amor, no fue afortunada.
    Está clarísimo que Derek estaba resuelto a terminar la carrera por sí mismo, aunque fuera arrastrándose. El padre podría haber saltado a la pista y caminado cerca de él, sin tocarlo, alentándolo y gritándole cuánto lo quería y lo admiraba. Pero, por incontinencia, o por deseo de protagonismo, se arrimó a “ayudarlo”, con lo cual desdibujó el esfuerzo y el sacrificio del hijo (los atletas compiten solos, sin sus padres, amigos o asistentes).

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