Un futuro sin tramposos




Últimamente el deporte está siendo acechado por una fuerte amenaza, que no es otra que las numerosas tramas de dopaje y fraudes deportivos. El colectivo de deportistas está sufriendo una crisis de confianza debido a lo habitual que es que un deportista de élite, de la disciplina que sea, sea suspendido tras haber dado positivo en un control antidopaje. Pasa ahora que los aficionados nos empezamos a replantear cada vez más si esos ídolos que siempre fueron un referente en nuestras vidas, ahora son en sí una mentira.

Partido de fútbol alevín. Foto de Derek Jensen

Partido de fútbol alevín. Foto de Derek Jensen

El problema de esta crisis en la que se está sumiendo el deporte es el caldo de cultivo en el que ha crecido lo que se llama el deporte de élite. Este ha sido un contexto idóneo para el desarrollo del fraude y la corrupción.

El deporte en principio ha crecido siempre como una actividad cultural y de fomento de ciertos valores, a saber el trabajo en equipo, el compañerismo y otras muchas cosas que podrían definir lo que conocemos como espíritu deportivo. Estos valores siguen hoy en día marcando las fronteras del deporte, pero dentro de un concepto de deporte que llamamos deporte amateur. Este es el deporte aficionado, practicado sin ánimo de lucro y como un plus de salud física y mental que aportar a nuestras vidas.

En cambio, el enfoque del deporte como un espectáculo ha fomentado su refundación como negocio. Este tipo de empresas cuanto más ha pasado el tiempo más dinero han sido capaces de gestionar, fomentando la profesionalización de muchas actividades relacionadas con el deporte. Esta profesionalización se ha extremado hasta puntos casi críticos, teniendo los deportistas de élite desorbitados salarios, promoviendo así al deporte como una manera de vivir con un alto nivel de vida. Así se provoca la proliferación de la figura del tramposo, capaz de infringir la ley con el fin de conservar su nivel deportivo, su puesto y su jugoso sueldo.

Ya no solo a nivel de deportista se quebrantan las leyes, pues no solo ellos se hacen de oro a través de los espectáculos deportivos. Tanto los clubes, como las federaciones, o empresas organizativas de distintos eventos se ven beneficiadas con una estructura que promueva el espectáculo y la vistosidad, aún siendo a costa de no cumplir la ley, o de directamente promover la trampa entre los deportistas.

Semana tras semana suelen aparecer casos de de dopaje, de amaños de partidos y de un sinfín de atentados contra la dignidad del deporte. Esto jamás pasaría si el deporte sería solo una manera de pasar una tarde con unos amigos, una forma de canalizar tu ímpetu o simplemente un hobby.

El cáncer que amenaza con acabar con el espíritu deportivo no es otro que la excesiva profesionalización del deporte. Si se pretende un deporte limpio es necesaria una remodelación del sistema, no permitiendo tan astronómicos salarios e impulsando el deporte aficionado. Un cambio es necesario. Vivir del deporte no debería querer decir tener una vida de lujo.


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