Luciano Wernicke – “Se rompen pero no se doblan”




Sigue nuestro especial aniversario y hoy nos da una pequeña lección sobre los Juegos Olímpicos, Luciano Wernicke. El bonaerense es un experto en la disciplina olímpica y nos cuenta en este escrito alguna de las historias más impresionantes de los Juegos Olímpicos. Habla sobre los deportistas que aún habiendo sufrido lesionas o problemas físicos se sobrepusieron a este handicap y consiguieron subir a los más alto del podio. Para todos ustedes estas increíbles historias sacadas del libro de Luciano, “Historias insólitas de los Juegos Olímpicos”.

“Se rompen pero no se doblan”

lucianowernickeLos campeones olímpicos de la adversidad

Fracturas, terribles accidentes y perversas enfermedades no fueron suficiente obstáculo para apagar la llama olímpica. A lo largo de las distintas ediciones de los Juegos, varios atletas lograron sobreponerse a la adversidad y subirse a lo más alto del podio tras enfrentar rivales y todo tipo de desgracias. Aquí presentamos los casos más emocionantes, extraídos del libro “Historias insólitas de los Juegos Olímpicos”, de Luciano Wernicke, publicado por Editorial Planeta.

No era de madera

En los Juegos de San Luis 1904 se desarrolló un particular triatlón que combinó salto en largo, lanzamiento de bala y una carrera de cien yardas. Uno de los inscriptos fue George Eyser, un hombre de 32 años que había nacido en Kiel, Alemania, pero se había nacionalizado estadounidense desde los 14 años y vivía en la ciudad que organizó la tercera edición de las olimpíadas modernas. La performance de Eyser fue muy floja, al punto de terminar último entre 118 atletas. Sin embargo, los diarios de la época destacaron su actuación porque el alemán, que había perdido su pierna izquierda de pequeño en un accidente ferroviario, utilizó para correr una prótesis de madera. Pocos días después, cuando se desarrollaron las pruebas de gimnasia, Eyser volvió a competir con su extremidad de palo y consiguió un resultado diametralmente opuesto: ganó el oro en escalada de cuerda, salto de caballete y barras paralelas, la plata en caballete con anillas y ejercicios combinados, y el bronce en barra horizontal. Con un total de 6 medallas en una misma olimpíada, Eyser protagonizó una de las actuaciones más emocionantes de la historia.

Pierna fracturada, corazón de acero

“Lo lamento, pero no podrá volver a correr”. La sentencia del traumatólogo provocó al finlandés Albin Stenroos más dolor que la propia fractura de su pierna. El atleta, que en Estocolmo 1912 había conseguido el bronce en los 10.000 metros y la plata en cross country por equipos, estaba acabado a los 30 años. Su meta más palpable estaba en su “carrera” como vendedor de máquinas de coser. Pero, a veces, el médico propone y el que dispone es el paciente. Steenroos, un muchacho de fuertes convicciones, no se dejó vencer por la adversidad. Una vez que el hueso soldó, Stenroos comenzó poco a poco a recuperar la movilidad de su extremidad. Primero, caminando; luego, trotando; más tarde, corriendo. No llegó a tiempo para los Juegos de Amberes 1920, pero una luz de esperanza iluminaba París, la siguiente parada olímpica. Luego de 4 años de enormes esfuerzos, el atleta estuvo listo para viajar a la capital francesa. No obstante, el único lugar que le ofrecieron los entrenadores era en el maratón, junto a otros fondistas que habían quedado fuera de los equipos para las demás pruebas. Stenroos aceptó, aunque nunca había corrido los 42 kilómetros: a los 35 años ya había superado demasiadas adversidades para rendirse ante un nuevo obstáculo. El 13 de julio, el finés dio una clase magistral de amor propio al obtener la medalla de oro con 6 minutos de ventaja sobre el italiano Romeo Bertini, el segundo en llegar a la meta en el estadio de Colombes. Stenroos dominó la carrera de punta a punta con su pierna recuperada y un invencible corazón, que de medicina no sabía nada. Mejor así

Estímulo

El teniente estadounidense Sidney Hinds no podía mantenerse parado por culpa del agudo dolor que le perforaba el pie derecho. El militar se maldecía por haber aceptado intervenir en ese maldito concurso de tiro en Reims. Lo habían convencido con el argumento de que la capital de la Champagne quedaba cerquita de París y que el torneo serviría para terminar de calibrar las armas a poquísimos días de los Juegos de 1924. ¿A quién se le había ocurrido una idea tan ridícula? Para colmo, le tocó compartir el turno con ese indeseable belga, un hombre grosero que inició una agria discusión con los jueces sin ninguna razón. Y descuidado. ¿Cómo pudo dejar su fusil cargado y sin seguro, apoyado contra una mesa? El altercado derivó en empujones, el belga tropezó con la mesa, el arma cayó, se disparó y su proyectil hizo blanco… en el pie del infortunado Hinds. A solamente un par de horas del comienzo de la prueba de “400, 600 y 800 metros por equipos” en el “Camp de Chalons”, el teniente apenas si podía caminar, mucho menos mantenerse firme para sostener y disparar su pesado fusil. Rengueando, Hinds salió de su habitación en la Villa Olímpica y se presentó en la de Earl “Tubby” Waller, el capitán del equipo norteamericano, quien estaba completando la planilla oficial con los nombres de los competidores, entre los que estaba el del teniente. “Lo lamento, pero así no voy a participar. No soporto más el dolor. Inscriba a otro en mi lugar, por favor”, suplicó el herido a Waller, quien seguía sin levantar la vista del papel. Cuando terminó de escribir, el capitán, famoso por su fuerte carácter, clavó su mirada sobre los ojos de Hinds y, con un tono de voz suave pero firme, le advirtió: “Si no se presenta a competir, le voy a disparar yo mismo en el otro pie”. Motivado por el “cálido” apoyo de Waller, Hinds desplegó la mejor actuación de su vida, fundamental para que el equipo de Estados Unidos ganara la medalla de oro.

 La velocista que volvió de la muerte

La adolescente estadounidense Elizabeth Robinson estaba tan nerviosa que, cuando se presentó en la pista del estadio Olímpico de Ámsterdam para la final de los 100 metros lisos, la mañana del 31 de julio de 1928, notó ruborizada que se había calzado dos zapatillas del pie izquierdo. La muchacha de 16 años no precisó ejercicios de calentamiento para la competencia: el bochorno provocado por el papelón y los piques que debió realizar de ida y vuelta al vestuario para cambiar su zapatilla derecha fueron suficientes. “Betty” estuvo a pocos segundos de quedar eliminada por su demora en recomponer su atuendo, pero a la hora de la verdad dejó su ansiedad en la línea de partida. Al sonar el disparo de salida, la joven explotó y en 12,2 segundos, récord mundial, se quedó con la primera medalla dorada para el atletismo femenino. En junio de 1931, mientras se preparaba para repetir el oro en Los Ángeles, Robinson viajaba a abordo de un avión que se accidentó en cercanías de la ciudad de Harvey, en el estado de Illinois. Los rescatistas que la hallaron entre los hierros retorcidos del aeroplano pensaron que había muerto como la mayoría de los pasajeros. Uno de ellos la colocó junto a un cadáver en el baúl de su automóvil y la llevó directamente a una casa funeraria. Sin embargo, a la velocista todavía no le había llegado la hora: un empleado que la iba a preparar para su entierro descubrió que la chica no había fallecido, sino que estaba en coma. Betty -quien había sufrido múltiples fracturas, entre ellas de la cadera y una pierna- fue internada en un hospital, donde permaneció 7 meses inconsciente. Cuatro años después del terrible siniestro, Robinson no sólo había superado sus lesiones, sino que había vuelto a las pistas. En un torneo preparatorio para los Juegos de Berlín ’36, la corredora alcanzó el registro necesario para incorporarse al equipo que competiría en la posta 4×100. El 9 de agosto de 1936, junto a Helen Stephens (flamante oro en los 100 lisos), Harriet Bland y Annette Rogers, la mujer que regresó de la muerte volvió a colgar de su cuello la medalla de oro.

 El aprendiz

 El sargento Károly Takács era el mejor tirador con pistola del ejército húngaro. La calidad de su mano derecha era inigualable, invencible en cada competencia de puntería. En 1936, Takács fue propuesto para integrar el equipo que intervendría en los Juegos Olímpicos de Berlín, pero los dirigentes magiares debieron vetar su candidatura por un inconveniente reglamentario: para ese deporte, las olimpíadas estaban reservadas sólo para oficiales. Lejos de deprimirse, el joven sargento se propuso continuar con fervor la carrera castrense para conseguir el rango necesario que lo llevara a la olimpíada.

Dos años más tarde, durante un entrenamiento, los sueños olímpicos del hábil sargento quedaron destrozados por una granada defectuosa que estalló antes de ser lanzada por su diestra. El daño fue total. A pesar de su invaluable pérdida, Takács no se dejó vencer por la adversidad. Durante meses entrenó su mano izquierda para que respondiera de forma tan efectiva como su amputada compañera. Poco antes de los Juegos de Londres 1948, en un campeonato preolímpico, Takács, quien ya había ascendido a teniente y cumplía con todos los requisitos para viajar a Inglaterra, sorprendió a sus azorados rivales con una actuación descomunal que volvió a colocarlo en el primer puesto de su país en la categoría “pistola rápida”. Cuando se presentó en el National Shooting Center de la localidad de Bisley para competir, el húngaro se cruzó con el participante argentino Carlos Díaz Sáenz Valiente. El sudamericano, que se había enterado del accidente con la granada, le preguntó a Takács, con una sonrisa irónica, para qué se había tomado la molestia de trasladarse hasta Londres. “Vine para aprender”, respondió el magiar, orgulloso de haber concretado su sueño olímpico. Pero el milagroso húngaro tenía jerarquía de sobra para ser sólo un concursante más. Con una performance perfecta, no sólo se adjudicó la medalla de oro, sino que marcó un nuevo récord mundial. Durante la ceremonia de entrega de medallas, Díaz Sáenz Valiente, quien había finalizado segundo y debió tragarse su enorme soberbia, llamó por lo bajo a Takács y, respetuoso, le anunció: “Te felicito. Por lo visto, aprendiste demasiado”.

Las proezas del húngaro continuaron en Helsinki 1952, cuando se consagró como el primer tirador en ganar la prueba de pistola en dos olimpíadas consecutivas. Además, él mismo había entrenado a su compatriota Szilárd Kun, quien obtuvo la medalla de plata en la misma prueba. Takács se convirtió en héroe nacional y desde entonces es sinónimo de superación, esfuerzo y esperanza.

 Amazona

 La dinamarquesa Lis Hartel realizó una magnífica performance el 29 de julio de 1952 en el centro hípico de Ruskeasuo que le permitió adjudicarse la medalla plateada en el concurso mixto de doma de los Juegos de Helsinki, detrás del sueco Henri Saint Cyr pero por delante de distinguidos colegas varones. Cuatro años más tarde, Hartel duplicó su plata, de nuevo superada sólo por Saint Cyr. La destreza de la dinamarquesa dejó boquiabierto a todo el mundo, y no por tratarse de una cuestión de género: a causa de un ataque de poliomielitis cuando tenía 23 años, la jineta tenía sus dos piernas paralizadas por debajo de las rodillas. Hartel, inclusive, debía ser ayudada a subir y bajar de su eficiente caballo, Jubileo. La mujer aprovechó la popularidad ganada en la pista para crear una fundación de lucha contra la polio.

 Superación

El 13 de octubre de 1968, el keniata Kipchoge “Kip” Keino debió abandonar la carrera de los 10.000 metros en los Juegos realizados en la ciudad de México. Bien entrenado y adaptado a la altura de la capital azteca, el africano se topó con una imprevista infección en la vesícula biliar que, a menos de un kilómetro de la meta, comenzó a provocarle una insoportable aguda puntada a la altura del estómago. Keino fue trasladado a un servicio médico, donde un doctor, luego de revisarlo, le aconsejó abandonar los Juegos. El profesional le advirtió al atleta que, si volvía a la pista, corría el riesgo de morir en medio de la prueba. Empero, el keniata desoyó los consejos del médico y una semana después participó de los 5.000 metros. A pesar de que el dolor continuaba, alcanzó la meta apenas una décima de segundo detrás del campeón, el marroquí Mohamad Gammoudi, y se adjudicó la medalla de plata. Tres días más tarde, todavía molesto por la infección, Keino se dirigía en autobús al Estadio Nacional para intervenir en la final de los 1.500 metros y su vehículo quedó atrapado en un embotellamiento. Lejos de rendirse, Kip se bajó del micro y corrió los tres kilómetros que lo separaban del coliseo. El africano ingresó a la pista cuando restaban sólo unos pocos segundos para el inicio de la carrera, pero con un impulso que le permitió ganar la medalla de oro con un nuevo récord olímpico.

 Kamikaze

El gimnasta japonés Shun Fujimoto calculó mal su salto final en el ejercicio de piso y cayó aparatosamente sobre la colchoneta del Montreal Forum, durante los Juegos de 1976. Cuando intentó incorporarse, un agudo pinchazo en la rodilla derecha volvió a voltearlo. El gesto agónico del atleta preocupó a los responsables del equipo nipón, que solicitaron la inmediata asistencia de un médico. Al revisar al herido en el vestuario, el doctor comprobó que el japonés se había fracturado la rótula. “Lo lamento, pero el muchacho debería abandonar la competencia”, aconsejó el especialista. Pero Fujimoto, dueño de una inusual entereza, se negó a renunciar a los Juegos y dejar a sus compañeros fuera del torneo de gimnasia por equipos. El bravo oriental decidió intervenir en las dos pruebas que le restaban, caballete con arzones y anillas, a pesar de que la lesión, además de causarle un gran dolor, podía agravarse con los saltos que debía dar al final de cada uno de los ejercicios. Armado de gran coraje, Fujimoto subió al caballete y, tras desarrollar su rutina casi sin fallas, aterrizó con los pies juntos, como si nada le ocurriera. El jurado lo calificó con un positivo puntaje de 9,5, pero, por dentro, el padecimiento era tremendo. El salto no sólo había agravado el daño óseo, sino los ligamentos de la articulación. El médico volvió a revisar al japonés y le advirtió que, si caía mal de las anillas, situadas a casi 3 metros del suelo, el daño podía provocarle una incapacidad permanente. Atrevido como pocos, Fujimoto se colgó de las anillas para culminar su tarea. Su rutina salió tal como la había ensayado antes del accidente y, al caer sobre la colchoneta, consiguió mantener el equilibrio y levantar los brazos para que los jueces le otorgaran 9,7 puntos. El gimnasta terminó agobiado por el sufrimiento, aunque muy orgulloso de haber contribuido para que Japón se quedara con la medalla de oro tras derrotar, por un estrecho margen, al equipo de Unión Soviética.

Triunfo arrollador

Carlos Alberto de Sousa Lopes no imaginó que iba a ser internado en el hospital Santa María cuando salió de su casa la mañana del 27 de julio de 1984. El atleta fue embestido por un imprudente automovilista mientras cruzaba una calle de Lisboa. Lopes atravesó el parabrisas del vehículo y terminó dentro del rodado, golpeado y lacerado por los vidrios en la cabeza y las piernas. El fondista de 37 años tuvo bastante suerte, a pesar del incidente: sus lesiones sanaron con rapidez y pudo viajar a los Juegos de Los Ángeles para intervenir en el maratón, una carrera que nunca había ganado y que sólo había podido terminar una vez, en Rotterdam (Holanda), un año antes. El 12 de agosto, 16 días después del accidente de tránsito y en medio de una atmósfera calurosa y muy húmeda, Lopes se consagró como el campeón del maratón más veterano de la historia de los Juegos y consiguió un nuevo récord olímpico de 2 horas, 9 minutos y 21 segundos, que recién fue pulverizado en la edición de Pekín 2008. Su medalla de oro, además, fue la primera obtenida por el atletismo portugués.

Luciano Wernicke (@LucianoWernicke)


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